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Los estados Helenísticos

Los núcleos perdurables dentro del imperio de Alejandro fueron tres: el Egipto, la Siria y la Macedonia.

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El Egipto quedó, desde los primeros tiempos, en manos de Ptolomeo Lagida, uno de los mejores generales que había tenido Alejandro. Defendido por la tradición de sus límites, el Egipto no sufrió alteraciones importantes, excepto cuando la suerte de la guerra le proporcionaba o le arrebataba alguna porción del territorio en la Siria. Poseía la ciudad más poderosa del Mediteráneo por esa época, Alejandría, de la que los lagidas hicieron su capital; las vinculaciones de sus reyes y de su aristocracia griega facilitaron notablemente su desarrollo económico a través de los diversos países del Mediterráneo, para lo cual el Egipto se proveyó de una flota poderosa. Alejandría fue así, el gran puerto de esta época.

La Siria correspondió a otro de los generales macedónicos, Seleuco Nicator, quien constituyó , mediante la guerra y las negociaciones, un imperio que se conoce con el nombre del Imperio Sléucida. Además la Siria propiamente dicha comprendía parte del Asia Menor, La Mesopotamia y el Irán; pero esta extensión de los dominios fue efímera, porque diversas circunstancias le arrebataron varias provincias, en las que surguieron nuevos estados.

La Macedonia constituía ya antes de la conquista el núcleo del imperio, y conservó esta categoría. En el curso del tiempo cambió de manos, pero conservó su personalidad y orientó su influencia hacia la Grecia, sobre cuyas ciudades ejerció directa o indirectamente autoridad, pese a la resistencia que opusieron algunos estados.

Alrededor de estos tres surgieron en diversas épocas algunos estados menores, tales como los reinos de Pérgamo, Armenia, Ponto, Capadocia, Galacia y Britina. La tracia fue también algún tiempo un estado independiente que, junto con el Epiro, flanqueaba la Macedonia. Y al sur de Grecia, Esparta procuraba mantener su autonomía, como lo hicieron las ciudades griegas que se confederaron en la Liga Aquea y la Liga Etolia. Finalmente, en el Occidente, las ciudades griegas como Siracusa, adquirieron autonomía y constituyeron estados independientes que alcanzaron notable desarrollo en algunos casos.